Al principio, sólo era un rotulador. Un pilot de punta fina color violeta. Alguien lo olvidó sobre mi mesa y decidí pedir un rescate. A los pocos minutos se había creado un “Frente de liberación de materiales de oficina”. El rotulador envió una nota pidiendo clemencia a las diez y cuarto. Su delicada prosa me conmovió y acabé claudicando.
Durante el café, entre pinchos de tortilla, consagramos el nacimiento de nuestro nuevo dios: “Te adoramos, oh, Gran Rotulador, Señor Todopoderoso de la Palabra”. Qué mejor líder espiritual para una República Independiente de Guionistas.
De esta forma, y con una incómoda sensación en la boca del estómago (nada que ver con la resaca), comienzo un nuevo blog y una nueva etapa de mi vida. Y van…